Las lágrimas corrían por las mejillas del pequeño mientras gritaba en protesta, con sus diminutos puños apretando un chupetín azul arrugado. El sonido de las tijeras cortando cerca de su oreja solo lo hacía llorar más. Nunca había estado tan asustado — cada tirón en sus rizos enredados se sentía como una traición. El hombre que le cortaba el pelo intentaba calmarlo con una voz suave y manos delicadas, pero el niño no se dejaba convencer. Su melena dorada y salvaje — antes el orgullo de cada foto familiar — caía ahora en mechones al suelo.
El tormento parecía no tener fin, la habitación se llenó de sollozos y cabellos dispersos. Finalmente, terminó. El niño miró al espejo, con los ojos aún húmedos, y vio un reflejo que no reconocía. Su cabello, antes largo, había desaparecido, sustituido por un corte sorprendentemente corto y disparejo. El resultado dejó a todos atónitos — no fue solo un corte de pelo, fue una transformación inesperada.