Las luces se atenuaron y, por un momento, el teatro cayó en un silencio absoluto. Un solo foco lo iluminó — Albert, inmóvil, con las manos temblando ligeramente sobre el micrófono. Pocos en la audiencia sabían lo que estaban a punto de escuchar.
Luego llegó la primera nota.
Suave. Antigua. Tejida con dolor y orgullo.
La melodía armenia “Dle Yaman” brotó de él como una oración — no cantada, sino sentida. Cada nota llevaba el peso de generaciones, cada aliento parecía resonar a través de siglos de amor y pérdida.
La gente dejó de respirar. Incluso los jueces no se movieron.
A mitad de camino, uno de ellos se limpió una lágrima.
Cuando la última nota se desvaneció en la oscuridad, el silencio era ensordecedor. Luego, un rugido — aplausos tan poderosos que sacudieron el escenario. Pero Albert simplemente se quedó allí, con los ojos cerrados, lágrimas brillando, como si aún estuviera entre el cielo y su tierra natal.
No fue solo una canción esa noche.
Fue un recuerdo renacido.
Fue el alma de Armenia cantando a través de la voz de un hombre.